Llueve. Pero el hombre no está seguro de si es en la calle o en el salón de su casa. La mujer, por el contrario, lo tiene claro. Siempre lo tiene claro. Llueve sobre la cabeza del hombre. Discuten. O parece que discuten. ¿Qué más da donde llueva? El hombre se molesta. La mujer siempre tiene una frase mejor. Tiene una especie de don. La capacidad de herir al hombre.
Por el contrario, el hombre pierde la paciencia. La seguridad de la mujer le hace perder los papeles. Está harto. Pero todo es un juego, porque la mujer tiene hambre y no quiere cocinar. Quien primero se enfade debe hacer la cena. Todo vale. Y el hombre no está convencido. No cree que deba valer todo. Tiene miedo. Duda. Porque cree que hay mentiras que duelen como verdades. Aunque la mujer se divierte.
Le encanta ganar al hombre. Es una especialista en hacerle enfadar. Nunca hace la cena. Pero a veces es difícil conocer los límites. Y los juegos pueden confundirse con la realidad. Donde todo está permitido. Lo que empieza como un inocente juego termina convirtiéndose en una pesadilla.
¿El amor es un juego difícil en el que no hay ganadores?